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El peso de los pensamientos

Durante mucho tiempo me pasó algo que, aunque parecía sencillo, terminaba afectando bastante mi día a día.

Cuando tenía una tarea pendiente, podía pasar varios minutos pensando en ella antes de siquiera comenzar. Y lo curioso era que, cuanto más pensaba, más grande y difícil me parecía.


La tarea seguía siendo la misma, pero en mi mente se iba convirtiendo poco a poco en algo mucho más complicado. Empezaba a imaginar todo lo que podía salir mal, todo lo que tenía que hacer y todo el esfuerzo que iba a necesitar. Sin darme cuenta, terminaba sintiéndome abrumado antes de haber dado siquiera el primer paso y procrastinando el tiempo.

“No puedes evitar que las aves de la preocupación vuelen sobre tu cabeza, pero sí puedes evitar que hagan un nido en ella.” — Proverbio chino
“No puedes evitar que las aves de la preocupación vuelen sobre tu cabeza, pero sí puedes evitar que hagan un nido en ella.” — Proverbio chino

Esto me llevó a buscar diferentes maneras de dejar de pensar tanto.


Me recomendaron hacer ejercicio, realizar manualidades, escuchar música clásica y probar diferentes actividades que pudieran ayudarme a distraer la mente. Y debo reconocer que algunas funcionaban. Mientras estaba haciendo ejercicio, escuchando música o concentrada en alguna manualidad, podía sentirme tranquilo. Por un momento dejaba de pensar en aquello que me preocupaba.


Pero cuando terminaba la actividad, los pensamientos regresaban.


Era como si simplemente hubiera puesto mis preocupaciones en pausa.


Seguí buscando una solución, incluso sin darme cuenta de que eso era lo que estaba haciendo, hasta que un día alguien me entregó un volante sobre meditación. Sentí curiosidad y decidí asistir a una charla introductoria.


Recuerdo que allí comenzaron a explicarme algo que me hizo mucho sentido: una de las razones por las que podía estar postergando mis tareas tenía que ver con la cantidad de pensamientos desordenados que constantemente tenía en mi mente.


También aprendí que esos pensamientos no aparecían simplemente porque sí, y que era posible aprender a observarlos y trabajar con ellos de una manera diferente.



Decidí comenzar a meditar.

Y poco a poco empecé a notar cambios.


Al principio fueron cosas muy sencillas. Por ejemplo, comencé a ordenar y limpiar mi espacio con mayor frecuencia. También empecé a relacionarme de una manera diferente con las personas que me rodeaban.


Comencé a aceptar ciertos comportamientos de los demás que antes me molestaban mucho porque, desde mi manera de pensar, consideraba que estaban mal.


Al cambiar mi forma de reaccionar, los conflictos comenzaron a disminuir. Y, al mismo tiempo, también fueron disminuyendo esos pensamientos que hacían que mis problemas y mis tareas parecieran mucho más grandes de lo que realmente eran.


Con el tiempo empecé a sentir algo que para mí fue muy importante: mi vida comenzó a sentirse más disfrutable y más liviana.


Hoy entiendo que muchas veces no es solamente la tarea que tenemos delante la que nos pesa. También puede pesar todo aquello que nuestra mente construye alrededor de ella: las preocupaciones, los pensamientos, las anticipaciones y las historias que nos contamos antes de comenzar.

Puedo observarlo, soltarlo y volver al momento presente.


Y cuando consigo hacerlo, muchas veces descubro que aquello que parecía tan difícil desde mi mente no era tan grande después de todo.


Quizás lo único que necesitaba era dejar de pensar tanto en todo lo que podía pasar y simplemente dar el primer paso.


> Si te interesa meditar, puedes buscar el centro de meditación de tu país en

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